Presentación
del libro "Des-cifrar".
El universo matemático para el primer ciclo de Primaria
desde la Pedagogía Waldorf. Una nueva mirada sobre
estrategias, contenidos y fundamentos para una enseñanza
viva de las matemáticas.
Hoja
de Novedades Nro 11, creada el día 04/04/2008
La
otra noche contaba el cuento a mis hijos antes de dormir ...
Se trataba de "La vendedora de fósforos".
Cuando lo terminé, el mayor me dijo:
-Este
cuento hay que mandárselo a todo el mundo, así
no va haber más niños con hambre en el mundo.
La
verdad es que me conmovió y me pareció una excelente
idea, así que, allí va:
La
vendedora de fósforos
¡Qué
frío hacía! Era la víspera de año
nuevo y todo el mundo caminaba apresuradamente por las calles
llevando paquetes de brillantes lazos bajo el brazo. Había
comenzado a nevar y, poco a poco, los tejados se cubrían
de blanco y los bordes de las ventanas de una capa que parecía
de algodón.
Bajo aquel frío y en medio de la oscuridad creciente,
nadie reparaba en la pobre niñita que ofrecía
su mercancía: cajas de fósforos que guardaba
en los bolsillos de su delantal.
-¡Cómpreme
fósforos, señor...!
quizás
el caballero abrigado entre sus pieles ni oyó a la
niña, en su prisa por subir al coche tirado por dos
caballos, que le aguardaba. Y menos todavía habría
reparado en que la pobrecilla iba pisando la nieve con sus
pies descalzos. Cierto que al salir de su casa llevaba zapatillas
pero, ¿de qué le sirvieron? Eran de su madre,
las que había llevado últimamente y le quedaban
grandes, así que las perdió al cruzar corriendo
la calle para librarse de dos coches que pasaban a toda prisa.
Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla y la otra
la utilizó como pelota un mozalbete, lanzándola
lejos una y otra vez.
Ahora la niña tenía los pies amoratados y casi
no los sentía, entumecidos por el frío. La nieve,
cayéndole sobre el rubio flequillo, le daba un aspecto
casi celestial. Pero era igual: nadie reparaba en la pequeña
ni en la angustia con que alargaba una de sus manitas con
una caja de fósforos, mientras que con la otra mano
apretaba el delantal contra su cuerpecito.
Iba despacio, sin rumbo fijo. A veces fijaba su vista en las
iluminadas cristaleras de los escaparates que tantas cosas
atrayentes ofrecían: tartas caprichosas, bombones exquisitos,
golosinas tan variadas como el ser más exigente pudiera
desear ... Y trajes de fiesta, joyas costosas, pieles calientes
...
En todo el día nadie le había comprado nada;
nadie le había dado un mísero chelín.
Al borde del agotamiento, ofreció sus fósforos
una vez más:
-Señor,
cómpreme fósforos, por favor ...
el
hombre la apartó con disgusto:
-
¡Déjame pasar!
Y
se marchó sin volver la vista atrás, bien abrigado
como iba, en busca del calor de su hogar.
En un ángulo que formaban dos casa se sentó
la niña y trató de encoger los pies para resguardarlos
del frío, haciéndose un ovillito. El frío
la iba invadiendo y recordó con temor a su padre, que
la retaría si regresaba a su casa con las manos vacías.
Como tenía las manitos heladas, se dijo:
-¿Y
si encendiera un fósforo para darme calor?
Sacó
uno de la caja y frotó contra la pared. ¡Riss!
¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Además,
dio una luz clara, cálida como una vela, cuando la
resguardó con la mano; una luz maravillosa que cambió
por completo el mísero aspecto del rincón en
que se guarecía.
Y se dijo:
-Me
parece estar sentada junto a una gran salamandra de hierro,
con pies y campana de latón, es como si el fuego ardiera
vivamente en su interior. ¡Y qué bien calienta!
La
niña alargó los pies para calentárselos
a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó
la salamandra y se quedó sentada, con el resto de la
consumida cerilla entre los dedos.
De
nuevo todo volvía a ser sombrío.
Suspirando,
alentada por el resultado anterior, la pequeña sacó
otra cerilla y la frotó contra la piedra. ¡Risss!
Al arder y proyectar su luz contra la pared, volvió
a ésta transparente como si fuese gasa y la niña
pudo ver el interior de una habitación donde estaba
puesta la mesa, cubierta por blanquísimo mantel y fina
porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de
ciruelas y manzanas. Y lo mejor de todo fue que el pato saltó
fuera de la fuente y, andando por el suelo, se dirigió
hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó
el fósforo, dejando tan sólo visible la gruesa
y fría pared.
Fuera de la realidad, con deditos que apenas la obedecían,
encendió la niña una tercera cerilla y se encontró
sentada bajo un hermoso árbol de navidad. Era aún
más alto y más bonito que el que viera la recién
pasada Nochebuena a través de los cristales de un palacete.
Millares de velitas ardían en las verdes ramas. ¡Qué
momento tan delicioso! ¡Qué bello era el mundo
y cuánto contenía!
La pequeña levantó sus barcitos, tratando de
apresar tanta maravilla, retenerla junto a sí para
siempre ... y entonces el fósforo se apagó.
Ya apenas pasaba nadie por la calle; ya todos estaban en sus
hogares celebrando con alegría aquella última
noche del año.
Creyó la niña que todas las velitas del árbol
se habían remontado a lo alto y se dio cuenta de que
eran rutilantes estrellas; una se desprendió y trazó
en el firmamento una larga estela de luz.
-Alguien
está muriendo.- pensó la niña, recodando
lo que decía su abuelita, la única persona que
la había querido en verdad.
Encendió un cuarto fósforo. Había dejado
de nevar, pero el frío era más intenso. A los
ojos de la niña nada parecía real, ni siquiera
el coche que raudo pasó por la calle. La pequeña,
casi sin fuerzas, soñó con los ojos cerrados
que se encontraba en un corro de niños que reían
y cantaban. Ella llevaba un abrigado y bonito vestido.
Al encender un fósforo más, su abuelita, tal
como la recordaba, apareció ante ella. Radiante, dulce,
cariñosa, alargando sus brazos hacia ella. La iluminaba
una claridad azulada.
-¡Abuelita!-
exclamó la pequeña- ¡Llévame contigo!
Sé que te irás cuando se apague la cerilla,
no me dejes aquí. ¡Tengo frío!
El fósforo brillaba con luz más intensa. Su
llamita danzaba con alegría. Ella ya no sentía
el frío, sólo tenía ojos y corazón
para su abuelita. Un canto celestial llegó a sus oídos,
una música que la hacía sentir feliz.
Ella sonreía a la abuelita y la abuelita le sonreía
a ella.
-¡Llévame
contigo, llévame al paraíso donde vives ahora!
Allí a donde nunca hace frío, donde todo es
acogedor, donde nadie vuelve su rostro para no ver lo que
no quiere ver...
entonces la figura casi mágica de su abuelita se aproximó,
la tomó de la mano y, envueltas las dos en un gran
resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia
las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío,
ni hambre, ni miedo.
Estaba en el cielo de Dios.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada
descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, sonrientes
los labios ... Estaba muerta, muerta de frío en la
última noche del año viejo.
La gente, apiñada en torno, comentaba:
-¡Pobrecilla!
¡Sin duda quiso calentarse!
-¡Estos
pobres niños abandonados....!- dijo un señor.
Y un viejo, de raído abrigo, replicó:
-Abandonados,
sí, pero ¿por quién?
Algunos,
avergonzados, bajaron la cabeza. Otros, reaccionando con egoísmo,
se alejaron de allí.
Una ancianita miserable, sólo ella, tomó uno
de los fósforos consumidos y lo besó con reverencia.
¿Intuía, tal vez, que en el cielo se celebraba
una gran fiesta y que los ángeles cantaban a coro porque
a su lado tenían un ángel más?
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