Esta es nuestra hoja de novedades, si desea recibir información, asesoría pedagógica y novedades periódicamente, escríbanos a:

Asesoría y Novedades

19 de Abril:

Talleres Participativos para Adultos

Talleres vivenciales para conocer sobre Pedagogía Waldorf

¿Qué hacen los niños/jóvenes en la escuela?

Talleres confirmados:

Para Jardín: Cuentos de Hadas; Festejo de Cumpleaños; Amasado de Pan

Para Primaria: Enseñanza de la Música; Enseñanza de las Escalas Matemáticas; Enseñanza de las Ecuaciones Matemáticas.

Para Secundaria: Fundamentos para la Alimentación; Desde los sentidos Inferiores hacia el Mundo; Ciencias Sociales.

General: Antroposofía en la vida cotidiana.

26 de Abril:

Talleres Participativos para la Familia

Talleres vivenciales para compartir con nuestros hijos.

Talleres Confirmados:

Para Jardín: Rondas; Amasado de Pan; Euritmia en el Jardín de Infantes.

Para Primaria: Acuarelas; Barriletes, Rondas en Primaria; Juegos al Aire Libre; Acrobacia y Malabares; Relaciones para el pericón.

Para Secundaria:

Juegos Predeportivos.

Más info: Gisela (mamá de 3ro y 7mo grados de la Steiner) gisela.hernandez@mpsa.com

Paula (maestra del 7mo grado y mamá de 2do y 4to grados) pauoberti@yahoo.com.ar

www.colegiosteiner.edu.ar

A partir del 23 de Abril, en la Feria del Libro:

Presentación del libro "Des-cifrar". El universo matemático para el primer ciclo de Primaria desde la Pedagogía Waldorf. Una nueva mirada sobre estrategias, contenidos y fundamentos para una enseñanza viva de las matemáticas.

 

 

Hoja de Novedades Nro 11, creada el día 04/04/2008

La otra noche contaba el cuento a mis hijos antes de dormir ... Se trataba de "La vendedora de fósforos". Cuando lo terminé, el mayor me dijo:

-Este cuento hay que mandárselo a todo el mundo, así no va haber más niños con hambre en el mundo.

La verdad es que me conmovió y me pareció una excelente idea, así que, allí va:

La vendedora de fósforos

¡Qué frío hacía! Era la víspera de año nuevo y todo el mundo caminaba apresuradamente por las calles llevando paquetes de brillantes lazos bajo el brazo. Había comenzado a nevar y, poco a poco, los tejados se cubrían de blanco y los bordes de las ventanas de una capa que parecía de algodón.
Bajo aquel frío y en medio de la oscuridad creciente, nadie reparaba en la pobre niñita que ofrecía su mercancía: cajas de fósforos que guardaba en los bolsillos de su delantal.

-¡Cómpreme fósforos, señor...!

quizás el caballero abrigado entre sus pieles ni oyó a la niña, en su prisa por subir al coche tirado por dos caballos, que le aguardaba. Y menos todavía habría reparado en que la pobrecilla iba pisando la nieve con sus pies descalzos. Cierto que al salir de su casa llevaba zapatillas pero, ¿de qué le sirvieron? Eran de su madre, las que había llevado últimamente y le quedaban grandes, así que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que pasaban a toda prisa. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla y la otra la utilizó como pelota un mozalbete, lanzándola lejos una y otra vez.
Ahora la niña tenía los pies amoratados y casi no los sentía, entumecidos por el frío. La nieve, cayéndole sobre el rubio flequillo, le daba un aspecto casi celestial. Pero era igual: nadie reparaba en la pequeña ni en la angustia con que alargaba una de sus manitas con una caja de fósforos, mientras que con la otra mano apretaba el delantal contra su cuerpecito.
Iba despacio, sin rumbo fijo. A veces fijaba su vista en las iluminadas cristaleras de los escaparates que tantas cosas atrayentes ofrecían: tartas caprichosas, bombones exquisitos, golosinas tan variadas como el ser más exigente pudiera desear ... Y trajes de fiesta, joyas costosas, pieles calientes ...
En todo el día nadie le había comprado nada; nadie le había dado un mísero chelín. Al borde del agotamiento, ofreció sus fósforos una vez más:

-Señor, cómpreme fósforos, por favor ...

el hombre la apartó con disgusto:

- ¡Déjame pasar!

Y se marchó sin volver la vista atrás, bien abrigado como iba, en busca del calor de su hogar.
En un ángulo que formaban dos casa se sentó la niña y trató de encoger los pies para resguardarlos del frío, haciéndose un ovillito. El frío la iba invadiendo y recordó con temor a su padre, que la retaría si regresaba a su casa con las manos vacías.
Como tenía las manitos heladas, se dijo:

-¿Y si encendiera un fósforo para darme calor?

Sacó uno de la caja y frotó contra la pared. ¡Riss! ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Además, dio una luz clara, cálida como una vela, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa que cambió por completo el mísero aspecto del rincón en que se guarecía.
Y se dijo:

-Me parece estar sentada junto a una gran salamandra de hierro, con pies y campana de latón, es como si el fuego ardiera vivamente en su interior. ¡Y qué bien calienta!

La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la salamandra y se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla entre los dedos.

De nuevo todo volvía a ser sombrío.

Suspirando, alentada por el resultado anterior, la pequeña sacó otra cerilla y la frotó contra la piedra. ¡Risss! Al arder y proyectar su luz contra la pared, volvió a ésta transparente como si fuese gasa y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba puesta la mesa, cubierta por blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor de todo fue que el pato saltó fuera de la fuente y, andando por el suelo, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando tan sólo visible la gruesa y fría pared.
Fuera de la realidad, con deditos que apenas la obedecían, encendió la niña una tercera cerilla y se encontró sentada bajo un hermoso árbol de navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la recién pasada Nochebuena a través de los cristales de un palacete. Millares de velitas ardían en las verdes ramas. ¡Qué momento tan delicioso! ¡Qué bello era el mundo y cuánto contenía!
La pequeña levantó sus barcitos, tratando de apresar tanta maravilla, retenerla junto a sí para siempre ... y entonces el fósforo se apagó.
Ya apenas pasaba nadie por la calle; ya todos estaban en sus hogares celebrando con alegría aquella última noche del año.
Creyó la niña que todas las velitas del árbol se habían remontado a lo alto y se dio cuenta de que eran rutilantes estrellas; una se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de luz.

-Alguien está muriendo.- pensó la niña, recodando lo que decía su abuelita, la única persona que la había querido en verdad.
Encendió un cuarto fósforo. Había dejado de nevar, pero el frío era más intenso. A los ojos de la niña nada parecía real, ni siquiera el coche que raudo pasó por la calle. La pequeña, casi sin fuerzas, soñó con los ojos cerrados que se encontraba en un corro de niños que reían y cantaban. Ella llevaba un abrigado y bonito vestido.
Al encender un fósforo más, su abuelita, tal como la recordaba, apareció ante ella. Radiante, dulce, cariñosa, alargando sus brazos hacia ella. La iluminaba una claridad azulada.

-¡Abuelita!- exclamó la pequeña- ¡Llévame contigo! Sé que te irás cuando se apague la cerilla, no me dejes aquí. ¡Tengo frío!
El fósforo brillaba con luz más intensa. Su llamita danzaba con alegría. Ella ya no sentía el frío, sólo tenía ojos y corazón para su abuelita. Un canto celestial llegó a sus oídos, una música que la hacía sentir feliz.
Ella sonreía a la abuelita y la abuelita le sonreía a ella.

-¡Llévame contigo, llévame al paraíso donde vives ahora! Allí a donde nunca hace frío, donde todo es acogedor, donde nadie vuelve su rostro para no ver lo que no quiere ver...
entonces la figura casi mágica de su abuelita se aproximó, la tomó de la mano y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, ni hambre, ni miedo.
Estaba en el cielo de Dios.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, sonrientes los labios ... Estaba muerta, muerta de frío en la última noche del año viejo.
La gente, apiñada en torno, comentaba:

-¡Pobrecilla! ¡Sin duda quiso calentarse!

-¡Estos pobres niños abandonados....!- dijo un señor. Y un viejo, de raído abrigo, replicó:

-Abandonados, sí, pero ¿por quién?

Algunos, avergonzados, bajaron la cabeza. Otros, reaccionando con egoísmo, se alejaron de allí.
Una ancianita miserable, sólo ella, tomó uno de los fósforos consumidos y lo besó con reverencia. ¿Intuía, tal vez, que en el cielo se celebraba una gran fiesta y que los ángeles cantaban a coro porque a su lado tenían un ángel más?



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